Por Claudia Pedraza
Cuando era niña, Dolores González se subía a las bardas de las escuelas para ver a los niños en el recreo, deseando estar adentro, como ellos, estudiando. Eso nunca ocurrió. Estudiar, acudir a la escuela, hacer una carrera universitaria no estuvo a su alcance. Hace una semana, fue la encargada de cerrar las Cuartas Jornadas Culturales de la UAM Cuajimalpa, en una conferencia magistral, frente a decenas de estudiantes y profesores.
“Hoy se me cumplió un deseo: estar en la universidad”, bromeó al pararse frente al auditorio.
Lo que ella no sabía es que también se cumplió el deseo de profesores que la habían admirado en sus años de gloria en el Toreo de Cuatro Caminos; de estudiantes que recordaban emocionados sus peleas estelares en la AAA; de fans que esperaron hasta el final para obtener una fotografía, un autógrafo o simplemente un abrazo de Lola Dinamita González, leyenda de la lucha libre mexicana. De admiradores que escucharon las experiencias de más de 4 décadas de trayectoria, en las cuales enfrentó batallas impresionantes. Las más difíciles, abajo del cuadrilátero.
A ras de lona contra la pobreza.
La lucha libre salvó la vida de Lola González. Nació en Ciudad Juárez a inicios de los 60, en la época en que la industria maquiladora comenzó a repuntar en la ciudad fronteriza. Su padre trabajaba en una empacadora de carnes. Su madre lo hacía como lavandera, con la fuerza de un cuerpo agobiado por 16 partos. De los 16 hijos, sólo sobrevivieron tres. Viviendo a las orillas de Juárez, en un lugar aislado y a kilómetros de la tienda de abarrotes más cercana, el recuerdo más significativo de su infancia es el trabajo.
“Hacíamos ladrillos y nos pagaban. Desde que yo recuerdo, he trabajado y ganado mi dinero”.

Su destino pudo ser el de muchas jóvenes de la región: entrar a trabajar en la maquila, laborar largas jornadas por una paga mínima, enfrentar los riesgos para las mujeres que en aquellos años tan solo se asomaban. Pero la lucha libre se le atravesó y lo cambió por completo.
Su mejor amiga, que mantenía un romance con un luchador local, la llevó a su primera función. “Salí espantada. No podía creer que se golpearan así, que se aventaran de las cuerdas. Me parecían tan violentos”. No imaginaba que años más tarde miles de seguidores llenaban las arenas para ver sus golpes y sus lances desde la tercera cuerda.
La amiga la convenció de hacer un casting con una promotora que buscaba formar un grupo de luchadoras locales. Ambas fueron a la prueba, pero sólo Lola se quedó. Sus entrenadores decían que tenía todo para subirse al cuadrilátero: agilidad, fuerza y técnica. No era cierto. Le faltaba lo más importante: un traje de baño, una chamarra de presentación y unas zapatillas.
“¿Cuánto cuestan unas zapatillas?, pregunté. Costaban 500 pesos de ese entonces. Yo quería llorar. Vivíamos al día ¿de dónde iba a sacar para comprar unas zapatillas?”.
El dinero salió de la pizca. Todos los días se levantaba a las tres de la madrugada para cruzar el puente del Rio Bravo y trabajar en las granjas texanas. Pizcando, consiguió el dinero. Así, en el verano de 1975, la niña que se ganaba la vida haciendo ladrillos debutó como luchadora en Nuevas Casas Grandes Chihuahua, a los 16 años.

Desde la tercera cuerda contra la discriminación.
Un año después, en plena madrugada, La Dinamita González llegó a la Ciudad de México con un par de amigas. En su maleta solo traía su equipo, el dinero que había ganado en su última función y la dirección de una luchadora que meses antes había visitado Ciudad Juárez con una caravana. Llegó con la intención de impulsar su carrera, una tarea nada fácil porque en esos años, la lucha libre femenil estaba prohibida en el entonces Distrito Federal.
Aunque las mujeres se habían subido al ring desde los años 30, un decreto de Ernesto Uruchurtu Peralta, el Regente de Hierro, las expulsó de las arenas en 1954, justo dos años después de que a las mujeres mexicanas se les reconoció el derecho al voto. Así que solo podían pelear en arenas de provincia, de la periferia de la ciudad o en funciones clandestinas.
Si para las luchadoras con trayectoria esto implicaba pocas oportunidades de trabajo, para una novata como La Dinamita se traducía en días enteros sin comer. Pero el estómago vacío era lo de menos. Lo difícil era soportar que los luchadores les quitaran sus espacios, que aventaran sus cosas al suelo en los vestidores, que las insultaran. Soportar la discriminación, con hambre y sin dinero.
“¡Las viejas son para estar en su casa!, así nos gritaban los compañeros. Pero yo era brava y me les ponía al tú por tú, les gritaba: ¡Yo también me vengo a partir el alma!”.
https://youtu.be/IwPkblOddOU
Los gritos llegaron más allá de los vestidores. González fue parte del grupo de luchadoras que alzó la voz en numerosas ocasiones para exigir la eliminación del decreto, en el tiempo libre que le dejaban las giras.
Una década después de su llegada a México, la prohibición se levantó. Lola González ya era una estrella consagrada con incontables campeonatos nacionales e internacionales. Pero lograr que las arenas capitalinas volvieran a incluir mujeres en sus carteles fue un triunfo incomparable.
Aun cuando esa batalla tenga caídas pendientes. “Seguimos siendo segundas en los carteles, a pesar de que muchas cuentan con la categoría para ser estelares. A las mujeres nos falta ocupar mejores posiciones, porque calidad como luchadoras sí tenemos”.
La guillotina contra la violencia
Las batallas de Lola Gonzáles eran de antología. Les quitó la cabellera a luchadoras extranjeras como Vicky Williams, de Canadá; La Gata, de Panamá o la temible Bull Nakano, de Japón. Sus poderosas desnucadoras y efectivas guillotinas dejaron en la lona más de una vez a estrellas mexicanas como Irma González, Rosy Moreno, Vicky Carranza y Martha Villalobos. Entrenada por otra leyenda, el Gory Guerrero, La Dinamita era invencible.
Sin embargo, la pelea más ruda la vivía en su propio hogar. A los 19 años se casó con Fishman, un luchador viudo. Formaron una familia con tres hijas, dos del matrimonio anterior de él. “Éramos un matrimonio muy exitoso, viajábamos, peleábamos como estelares de las funciones. Éramos la pareja ideal”. Pero dentro de las paredes había violencia y alcohol. Sin familia en la ciudad y con el temor de ser señalada, La Dinamita aguantó esa pelea. Hasta que un día un golpe la despertó.
“Él llegó muy tomado en la madrugada, despertó a las niñas gritando “¡voy a matar a su madre!”. Ellas comenzaron a llorar y yo dije “se acabó”. Pensé: esto las va a marcar para toda la vida. Si no me salgo ahora, ellas tampoco saldrán. Tengo que demostrar que hay otra forma de vivir, para mí y para él”.
El trabajo fue su refugio. Los domingos llegaba a tener hasta 6 o 7 peleas. Ganaba hasta 20 mil pesos. Luchaba con un hombro lesionado y casi no veía a sus hijas. Su meta era comprar un departamento, para poder separarse de su esposo, llevarse a sus tres hijas y comenzar otra vida. Cuando lo logró, supo que sus peleas no habían terminado, pero al menos, ya no serían peleas ocultas.
Espalda plana contra la depresión
Tras dos décadas de trayectoria, La Dinamita tenía todo. Había sido campeona mundial cuatro veces. Había visitado cuatro continentes y más de 25 países. Había hecho historia en la industria: con los Independientes, con la Empresa Mexicana de Lucha Libre, con el Consejo Mundial de Lucha Libre y con la AAA. Llenaba las arenas, estaba en las portadas de las revistas, era reconocida como la reina del cuadrilátero. Por las mañanas se subía a dar el mejor espectáculo a la afición. Por las noches luchaba para no quitarse la vida de un impulso.
“En una misma semana, un día estaba en Japón y al otro en León. Pasaba de viajar en aviones privados a tomar camiones de 10 horas. Después de tantos viajes, tantas ausencias, tantos cambios, llego un momento en que perdí la noción de qué estaba haciendo”.
Una lesión la alejó del pancrasio y la acercó a la práctica del budismo, mas tarde del cristianismo y de artes como el Reiki. Prácticas que le salvaron la vida y que hoy comparte como instructora con presos en los Centros de Readaptación Social. Ya se retiró del profesionalismo, pero de vez en cuando se vuelve a subir al cuadrilátero en funciones especiales. Los pensamientos suicidas ya no existen: les dio la voltereta trabajando para cambiar la vida de otros. Como la de aquellos que la escucharon ese día y que se fueron pensando en que aun cuando la vida te ponga a ras de lona, siempre hay una contrallave para ganar la caída.











