Por: Claudia Pedraza
Ángeles Ortiz tiene una fuerza impresionante. Puede lanzar una bala de alrededor de 4 kilos de peso a más de 11 metros. Esta capacidad la convirtió en campeona de los Juegos de Río 2016. Bicampeona, para ser exactos: en Londres 2012 también se llevó el oro. Tiene un récord mundial y múltiples medallas en competencia internacionales. Su trayectoria es impresionante. Pero es paralímpica.
¿Por qué ser paralímpica es un “pero”? Porque sus triunfos, marcas, resultados se miran de otra forma. En la prensa deportiva, en las redes sociales, en los comentarios, sobre las actuaciones de los y las atletas de los Juegos Paralímpicos hay un sesgo, a veces sutil, a veces muy evidente.
“A Ángeles Ortiz el haber perdido la pierna izquierda no le ha impedido posicionarse como una deportista de élite en su rama”, se puede leer en una nota. “Amalia Pérez Vázquez cuenta con esta limitación en sus piernas desde que vino al mundo, la cual no ha impedido que rompa las barreras de sus capacidades y aptitudes a través del deporte”, dice otra. “Gus es un ejemplo para los deportistas, pero es también un ejemplo de vida: una malformación congénita de ambas piernas y del brazo izquierdo no le ha impedido triunfar”. Miramos la discapacidad como algo que limita, que detiene. Que es una barrera, un impedimento. Que representa la adversidad. Por eso admiramos a los atletas paralímpicos, porque superan la discapacidad.
Pero la discapacidad no se encuentra en el accidente que dejó a Ángeles Ortiz en silla de ruedas. Ni en nacer con artrogrifosis congénita, como Amalia Pérez. Ni en la malformación congénita de Gustavo Sánchez. La discapacidad se encuentra en una sociedad que piensa que perder movilidad, estar amputado, nacer con una enfermedad congénita es una limitación. Una sociedad que clasifica a los cuerpos que son diferentes como no funcionales. Una sociedad que no se da cuenta que ella misma, con sus prejuicios y con sus omisiones, construye la adversidad.
Los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro coinciden con el décimo aniversario de un documento que buscó modificar esta forma de mirar: la Convención Internacional de los Derechos de las Personas con Discapacidad (CIDPD), aprobada en el 2006 por la Organización de las Naciones Unidas. Hasta entonces, la discapacidad se definía en función de las personas que por sus características, tenían dificultades para funcionar de manera “normal” en la sociedad. Pero… ¿qué es funcionar de manera “normal”?

LA DISCAPACIDAD, UN PROBLEMA SOCIAL
La CIPD cuestionó esta “normalidad”, al establecer que las diferencias en las funciones y estructuras corporales solo provocan discapacidad cuando el entorno no permite su participación. Así, la discapacidad no es una característica de las personas, sino un problema social: su origen radica en el diseño de una sociedad pensada exclusivamente en función de seres humanos “normales”. Que, para ser justos, no existen por completo: todas las personas presentamos diferencias (y deficiencias) en nuestras estructuras y funciones corporales; pero estas sólo nos colocan en discapacidad cuando nos podemos estar en igualdad de condiciones (que no es lo mismo que condiciones iguales).
Por eso, desde la publicación de la CIPD, la apuesta ha sido rehabilitar a la sociedad, más que a las personas. Rampas para transitar por las calles en igualdad de condiciones. Elevadores para acceder a los edificios en igualdad de condiciones. Letreros en Braile para obtener información en igualdad de condiciones. Teléfonos accesibles para que las personas se comuniquen en igualdad de condiciones. Un reabilitación que diseña y adapta el entorno – en lo urbano, lo arquitectónico y lo tecnológico- para que las diferencias no generen desigualdades.
Pero es en el ámbito cultural donde se ha encontrado mayores resistencias y los Juegos Paralímpicos son la prueba. Con adaptaciones en las clasificaciones, reglas, medidas de los espacios y de las instalaciones, se busca garantizar el acceso al alto rendimiento deportivo. Pero, simbólicamente, son tratados como juegos menores. Para los Juegos Paralímpicos de Río, se disminuyó el personal, se redujeron los servicios de transporte, se rebajaron hasta cuatro veces los costos de las entradas y se cerraron algunos centros de prensa. Porque, al parecer, los Paralímpicos no despiertan el mismo interés. Y eso se debe, en gran parte, a la mirada mediática.
Dos cosas caracterizan esta mirada: una menor cobertura y la dramatización de la discapacidad. Se habla de una menor cobertura no sólo por el porcentaje inferior de espacio, tiempo y bytes dedicados a sus actuaciones. También se trata de fotografías y recursos gráficos sencillos, de escasas transmisiones en vivo, de un menor despliegue de recursos humanos (para reportear, para tomar fotografìas, para entrevistar a los atletas al finalizar su participación). Uno de los argumentos para justificar esta situación es que la espectacularidad no es la misma. Pero ¿y si el problema es la forma en que construimos la espectacularidad?

“Jason Smyth, el Usain Bolt de los Juegos Paralímpicos”. “Teresa Perales, la Phelps española”. En el imaginario social, el canon de lo espectacular lo constituyen los atletas “convencionales”. Y en función de este canon, comparamos las actuaciones de atletas con cuerpos diferentes. Que también entrenan largas jornadas, que también cuidan su régimen de alimentación, que también realizan sacrificios de tiempo. Que igual rompen récords y sorprenden con marcas.
Pero no estamos acostumbrados a mirar lo distinto. Insistimos en resaltar que estos atletas son ejemplares por superar la discapacidad. Nada más equivocado que esto. Esos atletas son ejemplares porque son deportistas de alto rendimiento. Lo son por su esfuerzo en la cancha, en la pista, en la alberca. Cuando están acción, no están pensando en la discapacidad. Es al salir de la pista o de la alberca cuando la sociedad les recuerda su diferencia.
El problema de insistir en el mérito de superar la discapacidad radica en que se remarca que es una característica personal, que tener un cuerpo diferente es una desgracia, y que salir adelante es una responsabilidad individual. Y con esto, se oculta la responsabilidad social que tenemos con la discapacidad. Se oculta que sí hay límites y barreras, creados por la sociedad. Que existen en las calles que no se diseñan con rampas y en las personas que no respetan los lugares de estacionamiento. En los juzgados y hospitales que no cuentan con intérpretes de lengua de señas. En las escuelas que no admiten a niños con alguna discapacidad cognitiva o motora. En los programas de televisión que no hacen visibles a las personas en silla de ruedas, ciegas o con problemas de aprendizaje si no es a través de personajes trágicos, cómicos o villanos. En medios de comunicación que no destinan los mismos recursos para la transmisión de los Paralímpicos, en patrocinadores que no invierten en atletas paralímpicos y en audiencias indiferentes a los Juegos Paralímpicos.
Lo que estos otros juegos muestran no es solo lo que pueden hacer los deportistas con discapacidad, sino también todo lo que nos falta hacer como sociedad para que la discapacidad, más allá de superarse, se erradique por completo. Comenzar por modificar nuestra mirada es un primer paso para lograrlo.











